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Vida de San Francisco PDF E-mail
Escrito por Administrator   
21.09.2004
ImageCon estas breves palabras pretendemos contaros de una forma muy dilatada la vida de quien fue uno de los personajes más importantes de su época, pero no se queda aquí ya que para mucha gente, Francisco "el poverello", sigue siendo, en nuestros días un modelo a seguir, por su estilo de vida, por su amor hacia todo lo creado.

Nuestra historia comienza en Asís, ciudad humilde y recoleta, tendida en el lomo de la Rocca Maggiore, sobre el valle de Chiaschio, en el corazón de Umbría. Sobre ella, como una pátina que la preserva del gusano del tiempo, se extendió, hace más de siete siglos, la mirada amorosa del Hermano Francisco. En esta ciudad un día entre 1181 y 1182 nació un pequeñuelo, hijo de un comerciante rico, pero de baja extracción, llamado Pietro Bernardone; muy avaro, según lenguas, pero sumamente orgulloso de que su vástago alterne con la nobleza de la localidad y pasme a todos, especialmente a las muchachas, con su locuacidad, don de gentes y fácil inspiración para improvisar cantares y donaires. Su madre Madonna Pica, de quien recibió una honda educación cristiana. Fue bautizado en la iglesia de San Rufino con el nombre de Juan, pero su padre que sentía gran simpatía por Francia le enseño dicha lengua a su hijo, lo cual hizo que fuera apodado Francesco (el francés)


De carácter jovial, altruista, soñador, caballeresco, amaba la vida y se entregó a ella. Lo encontramos constituido en organizador y alma de todas las fiestas juveniles. Le gustaba vestir con elegancia, o como diríamos en nuestro tiempo, vestir ropa de marca. Trasnochaba muchas noches yendo a discotecas y pubs. A los veinte años le sobrevino una crisis. Se produce una guerra entre Perusa y Asís. Pero, junto al Tíber, el flamante ejército fue derrotado y Francisco hecho prisionero y llevado a Perusa. Allí soporto un año de prisión. Mientras estuvo en la cárcel y durante su enfermedad, Francisco había tenido tiempo para pensar. No sé quien dijo: "el mundo cambiará sólo cuando seamos capaces de dedicar cada día 5 minutos a callarnos y pensar..." Francisco pensó y algo empezó a chirriarle dentro del alma. A su regreso, ya no era el mismo.

En 1203-1204 padece una larga y grave enfermedad. Durante su recuperación se percato de que las fiestas juveniles ya no le llenaban el alma. Se dio cuenta de que todo lo que había estado haciendo le había hecho perder el tiempo miserablemente.

En 1205 emprendió viaje hacia el Sur para luchar contra el Imperio al lado de Inocencio III. Pero el bofetón divino no le derriba del caballo, sino del lecho donde se encuentra postrado desde su llegada a Spoletto. "¿Adónde vas, Francisco? - le pregunta la voz -. ¿Por qué te obstinas en seguir al siervo abandonando al señor?" Y la voz le ordena volver a su patria y odiar y despreciar cuanto hasta ahora ha constituido el objeto de su predilección. Es que la mano de Dios había comenzado a trabajarlo de una manera definitiva. Poco a poco se va dando cuenta de que algo quiere Dios de él. ¿Qué será?...

Entre 1205 y 1208 fueron años difíciles para Francisco. Abandono de sus amigos, distanciado de su padre. Inició amistad con los pobres y los leprosos. Él decía para sus adentros - "Yo nunca he visto la vida desde ese otro lado, ¿qué se siente siendo el más abandonado?, ¿qué valores permanecen cuando uno ya no tiene ningún valor?, ¿qué se gana cuando se pierde todo?". Como vemos la verdadera riqueza se la enseñan los pobres y la limpieza la encuentra entre los impuros.

Ya en Asís le es ofrecida una señal. Un día mientras caminaba por el campo, encontró a un leproso del que huyó espantado. Avergonzado por su cobardía, volvió sobre sus pasos, le dio su bolsa, le abrazó y le besó. Aquel fue un gran día para Francisco. Comprendió que podía cambiar, ser distinto. Francisco abrazó allí la pobreza, de una vez para siempre, vio en la llaga abierta la claridad de su camino, definió su vocación y comprendió la belleza profunda que podía albergar aquella carne pobre, mísera y ultrajada, pero hecha por Dios. La lepra que sólo mancha por fuera, hizo que empezarán a caérsele , como escamas los esquemas.

Ya consagrado a la limosna y a la oración rezando en la vieja iglesia de San Damián, a la cual iba a tratar de comprender con calma lo que le estaba pasando. Él decía: -"Estoy hecho un lío, Dios. Y tú, ¿me oyes?, ¿existes?". No era entonces el hombre iluminado, seguro de sí por estarlo de su Dios, sino un hombre que, segregado por los demás por mandato divino, tenía aún la entraña dura y el corazón amargo. Más tras el beso, es él mismo quien se dirige al Señor y le pide su palabra iluminadora. Y ahora sí, el Señor, le habla: "Mi casa está en ruinas, repárala".

Marchó a Foliño, donde vendió ricas telas de su padre, creyendo que aquello era lo que debía hacer para reparar la iglesia en que oyó aquellas palabras. Lo malo fue la vuelta. Francisco huyo de su padre y se mantuvo oculto en una cueva durante un mes. Durante este mes tuvo tiempo de pensar y decía: "-No son las piedras de una iglesia lo que hay que arreglar, sino la IGLESIA. Además es imposible cambiar una iglesia con tantos siglos de tradición... Pero, ¿quién soy yo para cambiar la iglesia?. ¡Bastante haría yo con cambiarme a mi mismo!. Lo único que se puede hacer es volver descaradamente al Evangelio primero...¡Y si la iglesia se enfada peor para ella!".

Cuando vuelve a Asís su padre, no estaba, por supuesto, conforme con que ese hijo brillante que tantas esperanzas le diera y tanto dinero le costara, se convirtiera con sus andrajos y sus locuras en el hazmerreír de Asís, ante lo cual, le lleva ante el Obispo para que recapacite y él le dice: "Es el comedimiento lo que nos está carcomiendo, mi señor. Dios es pura exageración" y allí delante de su padre terrenal, Francisco, ovejuela de Dios, se quitó sus vestidos y se quedó desnudo como un hombre recién nacido, y proclamó allí mismo: "En adelante, soy hijo de este Padre nuestro que está en los cielos". Su entrega no iba a conocer ya ningún obstáculo; ni su pobreza ningún temparamento.

Del verano de 1206 a 1208, trabaja en la reparación de San Damián, San Pedro y Santa María de los Ángeles o Porciúncula. Y también reconstruirá el templo del Espíritu Santo en el lugar que le ha sido destinado: el corazón de los hombres. El 24 de Febrero de 1208 oye el Evangelio de la misa de San Matías, acerca de la misión de los discípulos de ir por el mundo haciendo el bien, desprovistos de todo. Cambia sus ropas de eremita, por las de predicador ambulante, descalzo, vestido de túnica y capuchón aldeanos y ceñido con una cuerda apareció por las calles de Asís predicando la paz, la pobreza y la caridad.

Como ya sabemos, si es obra de Dios tarde o temprano termina por triunfar. Mientras la mayor parte de los habitantes de Asís, esperaban que fracasase en su empeño, se le comenzaron a unir hombres como Bernardo di Quintavalle, comerciante rico que vendió cuanto poseía para darlo a los pobres; Pietro de Cattani, edil de Asís, y Gil, campesino despierto y vivaracho.. Estos hombres, junto con Francisco, se dedicaron a predicar el Evangelio viviéndolo ellos personalmente de la manera más radical. La norma de vida en común repartía el tiempo entre unas periódicas peregrinaciones, para predicar el Evangelio por las comarcas italianas y los retiros contemplativos de perfeccionamiento interior. Servían en los hospitales y se hacían pagar sus servicios en ropa y comestibles, nunca en dinero; aceptaban las limosnas con el espíritu invocado en el Evangelio y Francisco preparaba la confección de la primera Regla del cenobio que, diariamente, se incrementaba con llegados de todas partes. Cuando a estos tres discípulos se les sumaron otros ocho, Francisco experimento la necesidad de trazar un único programa de vida. Recopiló varios textos del evangelio, aquellos que hablan de la renuncia a todo y del seguimiento decidido a Cristo (tendría por regla la libertad, y el espíritu por letra: ¡El Evangelio sería su única legislación!). La aprobación de esta Regla, confirmada en 1209 por el Papa Inocencio III, tuvo efectividad en circunstancias muy notables. El Papa aprobó verbalmente la Regla, esto es, su programa de vida. Fue el año de nacimiento de la Orden Franciscana.

El éxito fue fulminante. En verdad se comprende el entusiasmo que debía despertar la nueva comunidad; entusiasmo que, por otra parte, debía ser su principal enemigo, pues si las empresas desmedidas suscitan adhesiones desmedidas, no se tiene en cuenta suficientemente la necesidad de perseverar. Constituido en padre de una familia religiosa, Francisco en adelante ya no es sólo él, sino también sus hijos. Pero ni él ni sus hijos se pueden comprender si las cualidades humanas del padre las seccionamos del elemento divino que comenzó a intervenir a raíz de la crisis. La gracia no cambia la naturaleza. A sus veintiséis años, Francisco seguía conservando su espíritu idealista y caballeresco de años atrás. Esa misma gracia es la que ahora, apoderándose de su espíritu caballeresco, lo proyectó hacia nuevos ideales. Francisco y sus hermanos se convirtieron en "caballeros andantes" del Evangelio, ya que sin un quijotismo espiritual a nadie se le hubiera ocurrido lanzarse a la conquista de las almas desprovistos de todo, renunciando a todo, descalzos, burdamente vestidos. Los frailes se trasladaron a la Porciúncula, la cual era de los benedictinos cluniacenses, que se la prestaron a Francisco. Ésta fue la verdadera cuna de la nueva Orden.

El 18-19 de Marzo de 1212 en la noche del Domingo de Ramos, la joven Clara di Favarone, huye de su casa y es acogida en la Porciúncula, dando inicio a la Segunda Orden Franciscana o de las Clarisas.

A partir de la fundación de la Orden, Francisco apenas tendrá un momento de reposo, acuciado por llevar almas a Jesucristo. Esto será en los doce años que siguen su ocupación mas frecuente, y la Italia central su preferido campo de acción. En 1210 lo encontramos evangelizando la Umbría y estableciendo la paz entre los nobles y los plebeyos de Asís. Luego pasa a Toscana y pacifica la ciudad de Arezzo. En 1217 quiere pasar a Francia pero se vio obligado a detenerse en Florencia. En cuanto a Francisco, establecidas ya las bases de la comunidad, aparecidos a su lado hombres de gran capacidad administrativa y profundo estudio, admiradores apasionados del fundador, pensó que era llegado el momento de salir a predicar el Evangelio por el mundo, sobre todo por tierra de infieles. Francisco andaba por los campos y ciudades de Italia y con él y con sus hermanos llegaba a la gente sencilla la presencia de Dios. Francisco amaba a todas esas criaturas de Dios y Le alababa por haberlas creado; igual que las flores, el agua útil, humilde, casta y hermosa, el sol y las estrellas. El mundo se sentía amado por Francisco y a través de Francisco oía a Dios, empezando a asombrarse de que el Omnipotente les hubiera hecho y colocado en la vida. Sus pláticas eran sencillas, salpicadas de vivas imágenes de tono cálidamente familiar y al aire libre. Poseía una oratoria muy personal e inconfundible, que ofrecía un marcado contraste con la vigente en aquellos tiempos. Su deseo de dar a conocer a Cristo le indujo a pararse en el camino y dirigir la palabra a sus hermanas aves, que solícitas y silenciosas acudieron a escucharle.

De entre sus viajes apostólicos merecen destacar dos por el significado que entrañan.

    1. La atracción que sentía hacia la humanidad del Salvador le hizo concebir en 1212 el propósito de ir a Palestina para visitar los lugares santificados por el Señor. La nave tenía todas las plazas ocupadas y Francisco entonces se arriesga con su compañero a viajar de polizón. Una tempestad impidió al barco llegar a su destino, y el Santo tuvo que regresar a Italia. En 1213 Francisco pretende ir en misión a Marruecos entre los musulmanes, pero sólo llega hasta España, donde enferma gravemente, regresando después a Italia.
    2. Pero él no cejará en su intento y será en 1219 cuando consigue embarcarse hacia Siria y revivir en Palestina, sobre el mismo terreno que los presenció, los hechos de la vida del Salvador. Este viaje lo hizo en compañía de Pedro Catanni y Elías de Cortona. En este año, Francisco va al campamento del sultán, Melek-el-Kamel y se entrevista con él. El ejército de los cruzados toma Damieta, cerca de Alejandría. Francisco obtiene pocos resultados ante el sultán. Es entregado a los cruzados. Comprobó que su evangelización debía comenzar entre los propios cruzados. Este viaje hubo de interrumpirse súbitamente porque llegaron de Italia pésimas noticias. La dificultad de la regla franciscana había producido ya la primera hecatombe.
Realmente Francisco había sido poco previsor. Había admitido a todo el que llamó a su puerta. ¿No había de reputar inflamado de Cristo a quien se decidía a descalzarse y vestir sayal?. ¿Para que, entonces, someterle a prueba?. El brazo del fundador era generoso. Pero el tiempo se encargaba de despertar en los entusiastas de la llamada aspiraciones muy distintas, no tanto por quebrantar el espíritu del Evangelio, como el específicamente franciscano. Con ello demostraban que no era la ciencia en sí lo que les contrariaba, sino el aparato que comportaba y del cual se beneficiaban tanto los estudiosos como los que no lo eran. Alarmado por tales noticias que un fraile le lleva hasta Oriente, retorna a Italia. Se nombra protector de la Orden al Cardenal Hugolino. Francisco entrega el gobierno de la orden a Fray Pietro Cattani, como vicario suyo. Cuando vuelve, en Bolonia encuentra un centro de estudios verdaderamente opulento. Fue lo primero que Francisco vio al regresar de Tierra Santa. Látigo en mano, obligó a los hermanos a desalojarlo. Francisco intuyó entonces toda la magnitud del peligro. Ya era tarde, no, desde luego, para el espíritu franciscano, pero sí para rescatarlo dentro de la Orden. Reorganizó de arriba abajo su estructura, consiguió de la Santa Sede la imposición obligatoria del noviciado y se dispuso a redactar una regla nueva, más severa aún que la anterior.

En 1221 muere Fray Pietro y es nombrado Fray Elías como nuevo vicario general. En dicho año en el Capítulo General de Pentecostés, Francisco presenta la segunda Regla, que Fray Cesáreo, adornó de muchos textos bíblicos. En este año se aprueba la Regla de la Orden tercera secular por el Papa Honorio III.

La Orden, empero, se le ha escapado a Francisco. No basta este triunfo oficial. Su misma dificultad y las causas que le han llevado a las sucesivas redacciones de la Regla, indican, por sí solas, la hondura del mal. Su misma autoridad espiritual se difunde entre sus hermanos, no como fuego interior a todos y, por lo tanto, común, sino como un extraño prestigio, lejanísimo, que le viene de fuera, rebotado desde el asombro del mundo. La gran aventura, la forma más sublime que en el también, se ha mostrado rebelde a dejarse aprisionar por una Regla. No hay senda tan excelsa ni tan dura y áspera como la de Francisco. No puede dudarse de que, descubierta y mostrada al mundo, tendrá siempre seguidores. Pero, ¿y la Regla?, ¿qué porvenir le aguarda?.

En 1223 compone la tercera regla definitiva en Fonte Colombo que se discute en el Capítulo General. La discusión prosigue en Roma y en Octubre Francisco solicita del Papa la aprobación que llega en Noviembre por una bula de Honorio III. Francisco comienza, con esa amargura profunda que le empuja más hacia su intimidad con Dios, la última etapa de su vida: la que le preparará a recibir y a abrazar a la Hermana muerte. Que para él no tiene la tétrica figura de la danzas de su tiempo ni se presenta como un rechinante esqueleto con guadaña, sino como mansa criatura de Dios.

En 1224 decide retirarse y éste ya es definitivo. Toma consigo a sus tres discípulos predilectos: León, Ángel y Rufino, y se refugia en un peñón inaccesible casi, rodeado de soledad y de naturaleza. No vivirá ya sino para la contemplación, para que se haga carne en él la Pasión de Cristo; como Jesús en el Tabor, Francisco busca un oratorio más apartado todavía, en la misma cumbre de La Verna. Allí, al amanecer del día en que se conmemora la Exaltación de la Cruz, Francisco pide a Cristo que le transmita sus sufrimientos y que le infunda en el corazón la misma llama de su amor. Francisco es escuchado y un ángel resplandeciente, se le aparece dejándole anonadado. Al terminar la visión, Francisco comprueba que el más intolerable de los sufrimientos y el amor más inefable son la misma cosa. Y en su cuerpo aparecen los estigmas del Crucificado.

Aún vuelve Francisco a los caminos. Pero, principalmente, para despedirse de sus criaturas amadas. Cuando lo hace de Clara y sus hermanas que han establecido su convento en la Iglesia de San Damián, cae enfermo de gravedad y ha de permanecer en un chozo que le habilitan al fondo del patio durante muchos días. Su espíritu no cae en postración. Desde su dolor, compone el maravilloso "Cántico de las Criaturas", un exultante gozo por toda la Creación, una acción de gracias tierna e inspirada por todo lo que Dios ha hecho y a lo que se siente unido como hermano auténtico.

Apenas repuesto, debe someterse a una terrible operación de cirugía; le cauterizan la sien para que el nervio óptico enfermo no aniquile por completo la visión, escasa ya. La soportó con entereza, como si la espada del dolor hubiera resbalado sobre su sien luminosa.

Pero el fin se acercaba. Su cuerpo no permitía abrigar mayores esperanzas. Fue trasladado por los hermanos hasta Asís, donde se le alojó en el palacio episcopal que él quiso abandonar para ocupar un habitáculo próximo a la Porciúncula. Su recuerdo se recoge ahora sobre su obra; prevé las dificultades que le aguardan y quiere que, junto a la seca Regla de observancia, perviva su espíritu jugoso, que no es sino el amor inmenso que ha consagrado a los hermanos.

El día 2 de Octubre, Francisco reunió a sus hermanos y, como hiciera Jesucristo la tarde del Jueves santo, repartió entre ellos trozos de pan bendito y también bendice a sus hijos, presentes y futuros. Quiso bajar al corazón de la hermana Tierra desnudo, como de ella salió y cubierto de ceniza, como signo de penitencia por haber vivido. Y el día 3 murió cantando el Himno Morten Suscepi.

Al día siguiente, es enterrado en la Iglesia de San Jorge, en la ciudad de Asís, pero el cortejo fúnebre pasa por San Damián, para que pueda despedirse Clara.

La tierra y las más humildes de sus criaturas conservan el aliento de Francisco. Lo restituyen a quien quiera que se detenga ante cualquier planta y considere que ella está ahí por la voluntad de Dios.


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